sábado, 13 de diciembre de 2008

Como percibo mi Docencia.


Hablar de la actividad docente en tercera persona es relativamente fácil hay gran producción teórica al respecto y existe una amplia tendencia de investigación que busca entender el problema de la calidad en la educación a través de sus prin­cipales actores, los llamados protagonis­tas del cambio educativo: los docentes. Sin embargo, cuando esa actividad científica se inclina hacia uno mismo incrementa la complejidad, pues al mismo tiempo que se es "sujeto" se es "objeto" de análisis y reflexión
Mi práctica docente, al igual que otras manifestaciones sociales, tiene un aquí y un ahora. El aquí es mi espacio institucional o escuela, y el ahora lo cons­tituye mi antigüedad en el servicio, mi edad y mi época, soy docente frente a gru­po en un Cetís que cuenta con una plantilla de ciento cuarenta y dos personas, entre directivos, docentes, administrativos y de servicios.
Mi centro de trabajo es una escuela que está ubicada en un contexto denominado "urbano marginal". Mi incorporación al Cetis n°116 mi centro de trabajo fue en 1994. La percepción inicial que tenía del magisterio ha cam­biado y ahora la enfoco básicamente como un cruce de culturas entre los do­centes, los alumnos, el curriculum, la sociedad, etc., que es necesario me­diar reflexivamente para facilitar el desarrollo educativo.
Estos y otros aprendizajes han re­presentado para mí algo más que un cruce de culturas. Han representado un cho­que y una contradicción a esa figura de maestro "ideal" que construí durante mis estudios de formación inicial. También me han llevado a percibir estilos de re­lación y costumbres asimiladas como "normales" por su cotidianeidad.
En re­lación con lo anterior, mi práctica había caído en un continuo de asimilación de esa cultura operante en el centro y me sumaba a esta costumbre, en el enten­dimiento de que los valores manifestados por los docentes con mayor antigüedad tenían que ser, por lógica, fundamenta­dos en una experiencia rica en prácticas y saberes. Ahora me doy cuenta que no necesariamente es así.
Gracias a la reflexión individual y colectiva (durante las sesiones de mis clases de Maestría) de diversos autores, descubrí que mi es­tilo de relación se volvió aislado. Por un tiempo viví en la creencia de que la au­tonomía de trabajo en el aula, haciendo el mayor esfuerzo de interacción didác­tica con los alumnos, atendiendo a sus necesidades con una enseñanza diversificada y otras cuestiones de la mis­ma naturaleza, me llevaría a una calidad en mi enseñanza y a un bienestar de mi propia práctica.
Algunas tendencias negativas en el profesorado están en la organización celular de las escuelas, los maestros se enfrentan a sus problemas y ansiedades en privado, pasando la mayor parte de su tiempo aislados del resto de sus compañeros. A causa del aislamiento físico y la costumbre de no compartir, observar ni discutir el trabajo respectivo, los maestros no desarrollan una cultura técnica común ni colaborativa.
Por otra parte, descubrí que un cli­ma hostil o indiferente empobrece las po­sibilidades de actuación de los maestros, y la experiencia de los alumnos también se alimenta de este clima institucional. Es decir, si el espacio colectivo funciona de mane­ra fragmentada, incuestionable y con mecanismos de opresión, esto se puede reflejar en prácticas educativas muy sutiles, contrarias a ele­var la calidad de la educación (sobre todo en el aspecto de los valores). Así, mi práctica docente se insta­ló por un periodo en el desencanto del trabajo colectivo, y no lo veo como so­lución sino como problema.
Mi práctica docente se refugió en el aula, sólo en la dimensión didáctica mantengo la esperan­za de promover una formación integral que refleje los valores individuales y so­ciales consagrados en el Artículo Terce­ro. Evitar que mis alumnos repitan una vida profesional tan insatisfactoria como la que yo viví fue sólo uno de mis objeti­vos. Pero, mi práctica esta coja, siento que es tapar el sol con un dedo.
Lo anterior responde básicamente al tipo de docente que soy, que en síntesis podría describirme como un profesional estresado por las demandas de la sociedad sobre la calidad de la formación de las futuras generaciones, aislamiento profesional por imitación, comodidad y malas experiencias en el consejo técnico, y sentimientos de impotencia por el estado de las cosas. Frecuentemente he vivido una prác­tica llena de tensiones y, dadas las muchas exigencias, una cierta limitación para abarcarlo todo y además ir contra la corriente. Pero con la base de una estructura mínima de participación, podremos "Aprender a vivir con la pluralidad, encontrando el difícil equilibrio entre la necesidad de llegar a ciertos acuerdos básicos en la escuela y respetar legítimas diferencias".
Tomo entonces consideración de lo anterior para plantear una propuesta significativa para modificar mi práctica y conciliar en mayor medida ese docente que soy con el que me gustaría y debería ser para lograr con mi trabajo calidad en los aprendizajes de mis alumnos.

1 comentario:

Unicornioangel dijo...

Mtro. Anaín Villegas:
Ha hecho reflexiones muy profundas. Nada puede comunicar completamente lo que es la experiencia docente porque ésta es muy compleja. Creo que el cambio de concepto que tiene ahora del trabajo docente, en parte ha sido modificado por los cursos o estudios que van modificando nuestras visiones anteriores, permitiéndonos, también, ser más conscientes de este hecho tan importante.
Me preocupa que manifiesta que continuamente se siente tensionado, creo que debe tomar un punto de equilibrio, de lo contrario, se desgastará y eso no permitirá que trabaje con libertad como necesita hacerlo. Siga adelante.

Ma. de los Ángeles Tabares L.